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“Si se quieren ir, que se vayan”: Alberto Fernández solo aspira a concluir su mandato

La escena se repite: Al Pacino, en una de sus versiones en la serie El Padrino, luego de una masacre criminal, lamenta planeando una venganza: “Justo cuando yo estaba por salir de la mafia, me obligan a entrar de vuelta”. Palabras más, palabras menos. Innecesarias tal vez: alcanzaba para expresarse con su memorable descripción gestual y física, el movimiento de brazos y puños, el rostro condenado. De Sica puro aromatizado por Ford Coppola.

Le encaja ese momento de neorrealismo cinematográfico a Alberto Fernández: cuando más presumía de que podía hacerse reelegir como Presidente concluye en que su mayor aspiración ahora es concluir el mandato. Un demócrata por encima de cualquier suspicacia.

Saraseros y malditos

Por lo menos, era lo que reconocía ayer. Horas antes había insistido, ante un grupo de sindicalistas cercanos, “yo no voy a romper, si quieren romper que lo hagan ellos”. Aludía, claro, al obediente núcleo de La Cámpora, la Cía. de su Vice en la Casa Rosada. Esa confesión, varias veces repetida, era previa al discurso que hoy expondrá Cristina de Kirchner por la conmemoración por los derechos humanos que, a pesar de interpretaciones mezquinas y políticas, no se iba teñir de intereses personales. Salvo algún mandoble. Por aquello del filósofo Maradona: los derechos humanos no se manchan, como la pelota.

Pero ella ha quedado del otro lado del zanjón, sin retorno, cuando Alberto la trató de “egoísta” y “narcisista”. Por no incluir también la vocación de “titiritera” que le concedió a su compañera de binomio. Ella, ofendida, “qué hice para merecer esto” y, él, harto, desafiante, señala que no soporta más la fronda que alimenta la dama con obsesiva paranoia, un desgaste que los más imaginativos le provocan para fulminarlo en los próximos meses. Tanto Cristina como su hijo, el que nunca lo quiso.

La interna entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

Con alguna razón se sospecha de esa operación como un golpe en cámara lenta, coincidente con el aniversario del derrocamiento de Isabelita en el 76, quien padeció un esmeril a pleno junto a una inflación que volaba por sí misma, los múltiples errores propios y una atronadora usina militar temerosa de su futuro. Multicausal, diría Guzmán. No ignora Fernández esa sinonimia histórica cuando le anuncian los números venideros del Indec sobre la suba de precios.

También, debe haberse enterado en su agravio de las maldiciones gitanas que ella viene pronunciando, en la reserva de su estropeado despacho. O en su departamento de Recoleta. Siempre alguien cuenta y, resumiendo, a nadie le gusta escuchar el peor y fatídico deseo que le atribuyen a la Vice: tierra o nicho para él. Así como al ministro Guzmán hoy abruman con un apodo más gracioso y menos trágico: “Semana Santa” (una fecha presunta de partida).

Máximo Kirchner, el desertor

Parece que la situación no alberga sutilezas, basta observar un documento de artistas afines a la dama (“Moderación o pueblo”, alternativa al remanido slogan “Patria o muerte”), de manifiesto encono con la conducción de Alberto. Justo quien los inventó como “aparato intelectual” para acercarlos al entonces Presidente Kirchner, quien no conocía a casi ninguno y, además, era poco propenso a la lectura o el espectáculo. Ni hablar de entretenerse con intelectuales.

Pero le consintió la idea a Alberto, les habló y los escuchó por primera vez en la Biblioteca Nacional y, luego, gracias a las bondades del Estado, mantuvo a muchos cerca. Los firmantes, con pensamiento distinto a otro grupo semejante que también creció con el gobierno kirchnerista, expresan que no alcanza con la unidad (pretensión albertista) y temen —como lo hace Cristina— por dejarle el campo al fascismo (suelen identificarlo con neoliberalismo con una notable capacidad interpretativa). A ver si en ese proceso avanzan las causas judiciales.

Arde la interna oficialista.

La ofensiva crítica de Cristina, más allá de las actuales escaramuzas, interroga sobre el desenlace. Si se quieren ir, que se vayan, le han escuchado decir al Presidente en un momento de furia sobre ella, el vástago y La Cámpora. También, al revés, ha dicho que “mejor, yo también me voy, me han cansado”. Expresiones típicas de un divorcio expuesto, de una temperatura que amenaza crecer aunque venga el invierno.

Asoman, como respuesta, todo tipo de versiones. Si estuviera tan inflado para irse, Alberto le dejaría la conducción a Cristina, quien no solo por razones constitucionales sería su reemplazo: para ella es de alto riesgo abandonar el cargo junto al Presidente, por más que haya cogobernado. Perdería los fueros, una eventualidad poco propicia para su estabilidad emocional y física.

Acuerdo con el FMI: el triunfo de Alberto, la derrota de Cristina

Por otra parte, cuesta limitar la dimensión de una crisis si partiera el dúo y le queda a una asamblea legislativa la responsabilidad sucesoria. De ahí que ha crecido un añejo proyecto incubado en el mismo oficialismo, llamar a un bombero mediador como Sergio Massa que transite como responsable del gabinete atendiendo los reclamos del uno y la dos, del hijo y parte de la oposición (los radicales se han aproximado a Alberto, Morales conserva lazos distritales con Massa en Jujuy). Nadie le tiene confianza, pero se lleva bien con todos y, justo es reconocerlo, hace mucho tiempo que se propone para ejercer ese oficio. Como ya se dijo en esta columna: modelo Fernando Henrique Cardoso. Hasta dice tener candidato para el Ministerio de Economía.

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