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Incendio en Corrientes: cómo es la lucha cara a cara contra el fuego de los brigadistas en el Iberá

En Corrientes los incendios siguen sin dar tregua, ni parece que la darán en los próximos días. En el centro de semejante drama están los brigadistas del “apocalipsis”. Algunos, llegados de varias provincias. Otros, bomberos voluntarios de los pueblos que están recostados sobre la ruta nacional 118.

Los primeros cuentan con equipamiento especializado para este tipo de contingencias y están más profesionalizados. Los otros son pura pasión y entrega, inspiran respeto y admiración.

Todos ellos, desde hace más de un mes, a diario deben enfrentar las enormes lenguas de fuego que brotan de cada rincón y amenazan con convertir a la provincia en tierra arrasada. El agotamiento se evidencia en los rostros, pero ellos no lo admiten. Aseguran que la moral sigue alta y darán batalla el tiempo que sea necesario.

Luis Ataide, el referente provincial del Sistema Nacional de Manejo del Fuego en Santiago del Estero, es uno de los hombres que desembarcó a principios de la semana pasada en Corrientes junto a nueve brigadistas.

Después de seis días los obligaron a tomar una jornada de descanso en el centro de operaciones que se montó en la Escuela EFA “Ñanderoga”, en las afueras de San Miguel. Ataide y sus hombres aprovechan el día para revisar equipos, lavar el móvil y reponer energías.

Brigadista Luis Ataide. De Santiago del Estero a Corrientes. Foto: Blas Martínez

“Nosotros estamos a disposición en todo momento. Primero trabajamos en la zona de Ituzaingó dos o tres días”, cuenta Luis, sin recordar con precisión. Es que para ellos el lugar no tiene importancia porque delante siempre tienen las enormes lenguas de fuego dispuestas a devorarse campos, reservas ecológicas y forestaciones.

Ataide dijo que el primer destino era Misiones, pero un oportuno chaparrón aplacó el fuego que consumía la selva del valle del Cuñá Pirú. Fue entonces que desembarcaron en Corrientes. “Ahora un helicóptero del Ejército o la Fuerza Aérea nos lleva y baja en el lugar que tenemos que trabajar. Nos vamos con una vianda y todas nuestras herramientas de zapa. Y un equipo de radio para coordinar la extracción de todo el equipo al finalizar el día”, explicó Luis.

“Es muy difícil trabajar en los esteros. No hay forma de meter máquinas para hacer cortafuegos y la pelea contra el fuego es cara a cara”, sostiene. Afortunadamente, su equipo no sufrió lesiones durante las extenuantes jornadas, sólo algún que otro empacho que una curandera de San Miguel se encargó de curar. “Cuando volvemos nos espera un equipo médico para revisarnos. Por ahora alcanza con algunas gotas para aliviar los ojos porque hay mucho humo”, contó.

No son los únicos brigadistas que llegaron a San Miguel. Hombres de Córdoba, Mendoza y también un equipo especial de la Policía Federal que se sumó a las tareas para intentar minimizar los daños ecológicos.

El trabajo se está haciendo con herramientas de zapa (manuales), apoyo aéreo (aviones hidrantes) y el ataque rápido con camionetas que cargan tanques de 1.000 litros y alcanzan para unos pocos minutos.

Ataide contó que a fines del año pasado viajaron a la localidad neuquina de Aluminé para combatir los incendios. Y les tocó ser testigo de la caída de un helicóptero que realizaba una descarga de agua con un helibalde. “Murieron el piloto y un mecánico”, dice Luis, con la mirada fija en el horizonte, como tratando de borrar la imagen. Son los riesgos que deben enfrentar cuando combaten incendios rurales.

Antes de que arriben los brigadistas del Sistema Nacional de Manejo del Fuego a Corrientes, los que le pusieron el pecho a la catástrofe fueron los bomberos voluntarios, y varios terminaron hospitalizados.

Francisco Ramón Aguirre (44) y Rubén Matías Pared (37) son los “cuarteleros” de los bomberos voluntarios de Tatacuá-Tabay, en la zona Centro de Corrientes. Ambos se turnan haciendo guardias de 24 horas y son los encargados de convocar a los demás hombres ante cualquier emergencia. Por esa función el Municipio les paga 13.000 pesos mensuales. Sus ingresos se completan con changas que pueden conseguir durante sus horas libres.

Pared y Aguirre, los “cuarteleros” de los Bomberos Voluntarios de Tabay/Tatacuá. Foto: Blas Martínez

“La cosa empezó a complicarse feo en enero. Llegamos a tener cinco salidas por día. La verdad es que no sabés a qué hora vas a volver, pero la familia entiende y nos apoya”, aseguró Francisco, que ya lleva dos décadas en el cuartel que está sobre la ruta nacional 118. “Lo más difícil es combatir el fuego cuando tomó un estero porque se produce lo que llamamos el incendio subterráneo. Lo apagás y un rato más tarde vuelve a surgir”, explicó.

“El domingo tuvimos una salida a las 6.00 y recién pudimos volver a las 22.00. Es vez de pasar el día con la familia estuvimos apagando el fuego”, dijo Facundo Cuesta, quien está al frente del cuartel.

Francisco sólo sonríe cuando se le pregunta si alguna vez sintió que su vida corría riesgo. Cambia de tema rápido y se vuelve a enfocar en la situación por la que atraviesan. Se muestra orgulloso de su condición de bombero voluntario y cuenta que muchos de los carros de reabastecimiento los armaron con sus propias manos.

Aguirre lleva 20 años en el cuartel de bomberos de Tabay/Tatacuá. Foto: Blas Martínez

“Las salidas son constantes, no hay descanso. Es increíble la cantidad de incendios en los que debemos intervenir. También aportamos nuestro camión cisterna para el reabastecimiento de los aviones hidrantes. Acá hay un trabajo coordinado porque todos tenemos el mismo objetivo, que el fuego provoque el menor daño posible”, sostiene Cuesta, un abogado que arrancó con el oficio bomberil desde muy pequeño, como casi todos los del cuartel.

Todos duermen con el celular encendido porque en cualquier momento suena la alarma del grupo de WhatsApp que armaron. Con un pulgar para arriba cada bombero indica que está en condiciones de sumarse a la dotación y rápidamente acude al cuartel. El cansancio se siente, pero las ganas de colaborar siguen intactas.

Esteros del Iberá. Enviado especial

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