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Paciente “Esperanza”: qué se sabe hasta ahora de la argentina que se curó sola del VIH y qué significa el hallazgo

El mundo habla hoy de un virus que no es el Covid. Que es anterior. Y que no tiene vacuna. Habla del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), por la “paciente Esperanza”. Una argentina de 30 años que, a ocho años de haber sido diagnosticada como positiva, ya no lo tiene.

No sólo no tiene la infección activa sino que no hay rastros de ese virus intacto en ninguna parte de su cuerpo. Ni en células ni en los tejidos. Ella se curó sola. Sola. No tomó la medicación que convierte a esta afección en crónica. Es la segunda persona en el mundo en curarse, de nuevo, sola, del SIDA.

El 26 de agosto de 2020, un grupo de investigadores de Estados Unidos informó que Loreen Willenberg, de 67 años y oriunda de San Francisco, se contagió de VIH en 1992 y podría ser la primera persona que se curó sin someterse a un arriesgado trasplante de médula ósea o incluso sin tomar medicamentos. Ahora es el turno de que se anuncie así a la argentina.

La noticia sacude a la comunidad científica mundial y a Esperanza, una localidad de 50 mil habitantes en Santa Fe, de donde ella es oriunda y por la que en el paper la apodaron Hope. Pero ¿Qué significa esta mujer, que se mantiene en el anonimato, para la investigación de la cura del VIH?

La santafesina fue diagnosticada en 2013. Tuvo un hijo en marzo de 2020 y tanto el bebé, que nació sano, como ella, hoy dan negativo. Su sistema inmune habría eliminado el virus de manera “espontánea”. La remisión es sostenida y sin drogas. Tras el examen de más de mil millones de sus células, esa conclusión.

Más 37,7 millones de personas viven con HIV en el mundo. Foto Shutterstock

La paciente Esperanza es una prueba más (la segunda) de que algunas personas nacen con una resiliencia natural frente al virus. Si la ciencia logra descubrir cómo se produjo el proceso, estaría allanado el camino para encontrar una cura definitiva. 

Cabe reiterar que la paciente argentina no recibió el tratamiento, ya clásico, para esta infección. Sí tomó los antirretrovirales durante su embarazo, para asegurar que no hubiese ninguna chance de que transmitiese el virus al bebé. Aunque ella ya no lo tuviese. Después, dejó de tomarlos. Ella es una “controladora de élite” del virus. No es una expresión periodística, así llaman a quienes logran controlar el virus sin ayuda de nada ni nadie. En su cuerpo hay rastros de que se contagió. De eso no hay dudas. De todo el resto, no hay certezas.

La paciente ofreció sus células, sangre y muestras de tejido para que en laboratorio se amplifiquen y vean si se encontraban restos de VIH incorporado a su ADN. Eso se llama ADN pro-viral. El diagnóstico fue claro: negativo.

El equipo internacional que puso la mirada microscópica en “el caso N°2”, está compuesto por científicos del Instituto Ragon del Hospital General de Massachusetts, el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Harvard. Publicaron un artículo en la revista Anales de Medicina Interna para explicar que esta mujer logró lo que describen como una “cura esterilizante” de la infección por VIH.

Una excepción a la regla

Hay quienes tendrían genes que previenen la infección. Otros, como ella, parecen haber sido capaces de “borrar” el virus después de haberlo hospedado. Esta noticia nada tiene que ver con algo que es clave: la mayoría necesita tomar medicamentos antirretrovirales de por vida para mantener a raya el VIH. Si cortan el tratamiento, puede reactivarse. El caso de la argentina es la excepción, no la regla.

“Antes, solo se había observado una cura esterilizante para el VIH en dos pacientes que recibieron un trasplante de médula ósea altamente tóxico. Nuestro estudio muestra que dicha cura también se puede alcanzar durante una infección natural, en ausencia de trasplantes de médula ósea (o de cualquier tipo tratamiento)”, dijo el Dr. Xu Yu, del Instituto Ragon, a la CNN.

“Es una muy buena noticia porque evidencia que de alguna forma podría ser posible erradicar el VIH. Estudiando lo ocurrido con el sistema inmunológico de esta paciente, se puedan pensar en estrategias que permitan replicar la respuesta”, dice a Clarín Valeria Fink, coordinadora de Unidad de Estudios Clínicos de la Fundación Huésped.

Advierte que no hay un antes y un después con esta paciente. “Aún hay que seguir investigando. Hay que ser cautos. Es una situación excepcional, que no puede generalizarse, considerando, entre otras cosas, que ella pertenece a un grupo especial (los “controladores elite), que son menos del 1% de las personas viviendo con VIH. Pero claramente muestra que hay que seguir buscando el camino hacia la cura”, marca.

¿Qué cambios hubo después del hallazgo de esa primera paciente y cuál sería la diferencia con la paciente argentina actual? Fink habla con paciencia o, en realidad, la pide. “Son los primeros pasos”, dice. “Este caso se suma al primero y permite pensar que sería aún más posible desarrollar estrategias para erradicar el VIH. Pero hay que seguir investigando cómo fue posible, sin trasplante ni medicamentos”, insiste.

Elena Obieta, jefa del Servicio de Enfermedades Transmisibles y Emergentes de la Municipalidad de San Isidro y miembro de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI), también se enfoca en marcar la singularidad de esta mujer. “Menos del 1% de los pacientes a nivel mundial que viven con VIH son controladores de elite. Sabemos que estos casos son únicos y que tenemos que encontrarlos, porque muestran lo que llamamos ‘la prueba de concepto’ de que es posible, en algún momento, pensar en la cura funcional, en la esterilización, en que el cuerpo se quede sin más VIH “, dice a Clarín. 

En ese 1% -que luego Obieta disminuirá a “0,5%”- de controladores de elite, la ciencia estudiará qué tienen para ofrecer sus aparatos inmunológicos para pensar en tratamientos a futuro. “Distinto es el caso de los ‘controladores post tratamiento’. Que hay varios casos, también en nuestro país. Es gente que tomó la medicación durante mucho tiempo, se suprimió al virus y después, suspendiendo el tratamiento, el virus no se encuentra. Pero estos también son pocos casos. En la mayoría de los casos, sin medicación, el virus rebota“, detalla.

De hecho, aún hay debate entre los científicos sobre si a este tipo de pacientes habría que, igual, darles el tratamiento. El dilema es: si el virus no aparece ¿por qué dar la medicación? En el caso de que la persona quede embarazada, como pasó con la argentina, se indicó el tratamiento de forma preventiva.

La experta dice que es muy importante que la gente se testee: “En la Argentina el 17% de las personas que viven con VIH no lo saben y lo transmiten”.

El médico que le dio el diagnóstico de VIH a “Esperanza”

Desde Santa Fe, Federico Detarsio también habla con calma sobre la noticia. Pero es veloz en el momento en que detalla lo distinta que era la “paciente Esperanza” cuando todavía no lo era. Cuando sólo era una chica más que, lamentablemente, había adquirido el virus. “Detectamos que tenía los anticuerpos de VIH. Pero en ella tenían un funcionamiento raro. Cuando fuimos a buscar el virus per se, era indetectable. Ya en 2013, cuando la diagnostiqué”, dice a Clarín.

Le repitieron al menos 5 veces los análisis y el resultado era concreto: las cargas virales eran persistentemente negativas. “No tiene el virus en el reservorio (adentro de las células). El VIH está ‘dormido’. Encontramos fragmentos del virus pero no viables. Evidentemente, algunos pacientes tienen un mecanismo que logra erradicar el virus. Hay que estudiarlo para lograr entenderlo y producirlo como medicamento o vacuna. El gran problema del VIH es que vuelve. En ella no volvió. Hasta lo buscaron en la placenta, cuando tuvo a su hijo, y no lo encontraron“, cierra.

Federico sigue en contacto “personal” con la paciente Esperanza, pero no la atiende como infectólogo. El vínculo médico se terminó después de las pruebas que le realizó cuando la diagnosticó con VIH. Vio que un caso así debía ser investigado en laboratorios más especializados. Llamó al Instituto Instituto de Investigaciones Biomédicas en Retrovirus y SIDA (INBIRS), que depende del Conicet y la Universidad de Buenos Aires (UBA), en Buenos Aires, y dejó que la ciencia convierta a esa chica esperancina en quien es hoy: anónima, pero el segundo caso en el mundo que podría haberse curado, sola, del SIDA.

MG

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