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En pandemia bajaron las adopciones y sólo el 10% de los adoptantes acepta chicos grandes

El paradigma de la niñez cambió muchísimo en estos últimos años. También en cuanto a la adopción. El Código Civil modificó dos aspectos que eran el principal estigma sobre el tema: la lentitud (o la imposibilidad) para adoptar en Argentina. Acortó los tiempos de institucionalización de niños y niñas y, a la vez, redujo los plazos para decidir cuándo alguien está en “situación de adoptabilidad”.

La realidad es que la adopción en Argentina es más sencilla de lo que se cree desde lo burocrático. Si bien se simplificó en ese aspecto, no se descuidan las garantías de quien está en condiciones de ser adoptado. Y eso, indefectiblemente, lleva tiempo. Pero esa “marca” sobre la adopción sigue. Y otras se acrecentaron en el escenario de la pandemia.

Si se pone el foco en la provincia de Buenos Aires -territorio de la mayoría de las adopciones y termómetro de lo que sucede en el resto de las jurisdicciones- las autoridades advierten que, además de la baja de voluntad de adopción durante este año y medio de coronavirus particularmente persiste la falta de interés en adoptar a quienes no son bebés. También a grupos de hermanos y niños, niñas o adolescentes que tengan alguna discapacidad o problema de salud.

En la jerga de quienes día a día trabajan de analizar el vínculo entre el querer adoptar y el derecho a tener una familia, llaman “la escucha del niño” a esa instancia en la que -más allá de la aceleración de los papeles- es necesario detenerse para frenar lo que, en frío, parece un proceso que es en realidad es el nacimiento de un vínculo. Quizás, el más importante en la vida de ambas partes.

Por eso, este fin del semana del Día de la Madre, en las redes sociales de la Corte Suprema de Justicia de la Provincia se apuntará en derribar distintos mitos sobre la adopción y despegarla de la edad “deseable”. Los equipos de primera división van a posar con un banner que promueve la campaña “Adoptar es Construir Familia” y la dirección web del registro para obtener información.

“Adoptar no es tan complejo como se cree. No es imposible en nuestro país. Al revés, si la gente se informa, se prepara y, si cumplen los requisitos, en dos meses pueden estar inscriptos en el registro. Y según las voluntades de adopción que tengan, si son voluntades amplias, van a ser rápidamente convocados. Hay niños en espera“, dice a Clarín Claudia Portillo, directora del Registro Central de Aspirantes a Guarda con Fines de Adopción de Provincia.

En promedio, apunta Portillo, el registro bonaerense “siempre tuvo una gran cantidad de postulantes”. ¿Quiénes son? No todas las personas que se acercan a “intentarlo”. Se inscriben, son evaluadas y recién después son declaradas aptas. Una vez que son “admitidas”, están listas para ser convocadas cuando hay un niño, niña o adolescente en situación de adoptabilidad. Ahí se convierten en “postulantes”.

Con la pandemia, el número de postulantes aptos descendió. Entre 2020 y 2021, el promedio está en 1.150. “Para Provincia es baja cantidad. Más allá de eso, algo que siempre nos ha pasado y que pasa en el resto del país, es que la gran mayoría se ofrece para ahijar a quienes tienen menos de dos años”, describe. Esa mayoría se traduce en más del 90%. Y hay algo más. “Se postulan para niños y niñas sanos”, cuenta.

En lo que va 2021, 409 niños, niñas y adolescentes fueron declarados en situación de adoptabilidad en territorio bonaerense. Ese el paso previo a la adopción, cuando un juez o una jueza decide que ya no pueden volver con su familia de origen y dice que hay que buscarles una por adopción. En el mismo lapso se otorgaron 302 guardas con fines adoptivos, es decir, 302 personas fueron convocadas para adoptar . 

Portillo no juzga las decisiones individuales. Sí adjetiva cuando identifica como “un problema” esta realidad para quienes están institucionalizados. Y está esa arista extra: “También la mayoría se ofrece a ahijar uno o dos niños, y en Provincia tenemos muchos grupos de hermanos“. Insiste: las voluntades se “achicaron”.

Un caso contra la media. Gabriela y su hijo José Luis, al que adoptó cuando tenía nueve años.

Esto genera que las búsquedas sean arduas y, a veces, se dilaten. Porque la realidad es muy diferente al pensamiento mágico de que los niños y niñas “aparecen” para la adopción. El camino es inverso: es la adopción la que debe construirse. El vínculo.

“La mayoría de quienes estás en situación de adoptabilidad en la Provincia están en la segunda infancia. Por arriba de los seis, siete años. También tienen tres o cuatro hermanos. Y hay un imperativo legal de mantener a esos grupos de hermanos juntos, tratar de buscar una familia que los reciba a todos. Con lo cual siempre se buscan postulantes que tengan esta voluntad de adopción amplia”, explica.

“También hay grupitos de hermanitos que tienen un año uno de ellos, y cinco o diez años los otros. Sí tenemos muchos grupos así. Hace tres o cuatro años no eran tantos”, admite Portillo.

En toda la cuarentena se pudo seguir con algunos procesos adoptivos ya encaminados y hubo “pocas” adopciones. En los primeros meses de la pandemia las vinculaciones fueron suspendidas. De a poco se fueron buscando diferentes estrategias para que el encuentro suceda. Al principio, hasta por Zoom. Después, hisopados negativos mediante.

“Veníamos con un promedio anual de más de 600 guardas con fines de adopción y en pandemia bajó a 400. Esto afectó”, detalla.

“La cuestión de los niños más grandes es un tema a trabajar entre las personas que quieren inscribirse para ser mamás o papás por adopción. Hay muchos mitos, prejuicios. La gente tiene miedo a los niños más grandes. A no poder responder, a que tengan siempre el anhelo de volver con sus familias biológicas. Estan son cosas que hay que ir trabajando. Que entiendan qué es la adopción. Poner el acento en que son los chicos los que tienen el derecho a tener una familia y que quienes se inscriben se están ofreciendo a restituir ese derecho“.

Por eso es que a los postulantes se les pide algo más que condiciones como la edad y el lugar de residencia (que vivan en Provincia si se quieren anotar en el registro bonaerense). “Tienen que tener el deseo de ser papás o mamás pero también empatía, paciencia y que respeten la identidad de ese niño, niña o adolescente que tiene una historia y que hay que acompañarlos en su desarrollo”, cierra Portillo.

Cuando no se encuentran postulantes para guarda de chicos más grandes, con varios hermanos, con una discapacidad o problemas de salud, el Registro provincial deja atrás los límites de su jurisdicción y amplía la búsqueda hacia el Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda (DNRUA), que nuclea a todos los listados de las provincias y la Ciudad.

Si tampoco se encuentra a nadie, se hace una convocatoria pública entre familias que no están inscriptas o recién comienzan el camino del registro de adopción. Esos casos son noticia, se difunden en los medios.

Esos son los principales temas que se tocan en los cursos informativos para adoptantes que se imparten los primeros viernes de cada mes. También hay un curso dirigido exclusivamente para postulantes, guiado desde la plataforma de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia, que dura cuatro semanas e incluye videos y foros. Y el próximo jueves habrá un vivo desde el canal oficial de YouTube para intentar encontrar el camino para unir dos deseos: el de ser padres y madres y el de tener un padre o una madre.

La historia de Gabriela

Gabriela Parino tiene 50 años, es psicóloga y contra todos los pronósticos (o prejuicios), no tuvo éxito la primera vez que con su esposo José María intentaron vincularse con alguien que estaba en un situación de adoptabilidad. “Nos inscribimos en agosto de 2010 y en diciembre comenzamos la vinculación que, de la peor manera, nos hizo entender la complejidad de los procesos emocionales que implican la adopción“, cuenta a Clarín.

La historia arranca mal -como su primer tratamiento de fertilización asistida-  pero termina bien. Lo importante es todo lo que pasó en el medio: el vínculo con otro chico, uno que en 2012 tenía nueve años y hoy ya es su hijo, de 18.

Gabriela y José María con José Luis, cuando era un nene. Lo adoptaron a los 9 y hoy tiene 18.

“En enero de 2011 empezamos a participar en el grupo de Facebook e informarnos en la página web de Ser Familia por Adopción. Eso nos permitió fortalecernos y atravesar esa etapa que fue muy dolorosa. Y en junio de 2012, para el Día del Padre, nos conocimos con José Luis, a dos meses de cumplir sus nueve años”, relata.

“Todo lo vivido tuvo sus momentos hermosos pero también muchos dolorosos. Tuvimos que priorizar sus sentimientos anteponiéndolos a los nuestros. Más de una vez tuvimos que escuchar que nos rechazara de las maneras más crudas, pero nosotros siempre estuvimos aferrados a lo que sentimos por nuestro hijo”, describe. Por eso, llama a abandonar los prejuicios.

“Esa primera vez teníamos un desconocimiento total. Creíamos que iban a tardar diez años en llamarnos. Nuestra voluntad era bastante amplia, nos ofrecimos adoptar hasta a dos chicos de hasta ocho años. La vinculación no prosperó. La variable tiempo y preparación es fundamental para poder estar a la altura de las circunstancias”, sigue.

Para la segunda vez que los convocaron, ya habían perdido “toda la ingenuidad sobre la adopción”. Ya sabían que no era suficiente con “querés ser madre”, “ser buena persona”, “cumplir con los criterios para ser elegidos”. Eso era lo abstracto.

“Lo real era que implicaba un proceso de desafíos tanto para nuestro hijo como para nosotros. Y que con todo eso había que encontrar herramientas para que funcione. No aislarnos y no bajar los brazos. Construir una familia con un niño que habla, que relata su historia, lo que va sintiendo, que va dándote un lugar en su vida… es muy muy especial. Es un privilegio que no tienen quienes adoptan un bebé“, cierra.

Hoy los tres viven en un pueblo de menos de 400 habitantes que se llama Agustina, en el partido de Junín. Ese lugar, para ella, con los tres juntos, es “el más grande los paraísos para festejar este domingo”.

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