Arturo Jauretche, bonaerense y pensador nacional

 “La contradicción entre el país real y su cáscara cultural es ya demasiado visible, y la cáscara se está agrietando”.

 

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Arturo Jauretche no necesita ser presentado. Basta con enunciar cuatro de las cualidades que lo definen rotundamente: político agudo, escritor incisivo, observador sagaz y luchador infatigable. Es uno de esos hombres a los que el país «les duele en carne propia», y por eso, también, es un apasionado de la pelea. Lo obsesiona, por ejemplo, determinar claramente las características del país real; marcar el divorcio de algunos sectores intelectuales con la verdadera imagen nacional, o, de alguna manera, desmontar las «usinas de prestigio» y los falsos mitos que detecta en la vida cotidiana.

 

La ironía plagada de picardía criolla que Jauretche esgrime como un látigo penetra profundamente en la realidad y marca a fuego actitudes, personalidades y mentiras. En «El medio pelo en la sociedad argentina», describió incomparablemente, a través del ensayo sociológico, a todo un sector, una categoría de argentinos que navegan en la indefinición.

 

Muchas veces se lo escuchó apostrofar a sus oponentes en la polémica con una frase tajante: «¡No sean zonzos!» Hasta llegó a publicar un manual en el que recopilaba y analizaba las «zonceras argentinas» más notorias. EXTRA le propuso a Jauretche que volviera sobre el tema y ahora, en 1970, nos hablará de los «argentinos zonzos» y sus características más visibles. Sus respuestas al cuestionario podrán molestar a muchos, pero —como él mismo aclara— lo que ocurre es que «si uno levanta un espejo no tiene la culpa de que puedan ser feas las caras que se reflejan en él».

 

—Doctor Jauretche, ¿cuál fue el primer zonzo notorio que usted conoció?

 

—Yo mismo… porque creía en todas las zonceras…

 

—Es decir que, para comenzar, usted admite una primitiva zoncera propia…

 

—En el manual de zonceras yo recuerdo aquella frase humorística, tan corriente entre nosotros, de «mama, haceme grande que zonzo me vengo solo». Evidentemente, esto conduce a hacer de un «zonzo grande» un «gran zonzo», porque nadie se vuelve zonzo porque sí.

 

—¿Entonces no se es un «zonzo político» al nacer?

 

—¡No! Está todo organizado para que los argentinos «se vengan zonzos». Yo ya expliqué en «Los profetas del odio y la yapa» cómo está constituido todo el aparato del azonzamiento nacional.

 

—Usted pinta la situación desde un punto de vista demasiado rotundo. ¿No cree que existen posibilidades de eludir el hecho de convertirse, fatalmente, en un zonzo?

 

—Es muy difícil —por lo menos lo era— escapar a la conformación mental que el aparato provoca en los argentinos. Por eso, ahora, se hace más fácil entender lo que dije al principio de que yo era un «zonzo grande». Eso es lógico, porque mi mamá se encargó de hacerme grande y el aparato me modeló intelectualmente.

 

Yo era liberal

 

—¿Usted se dio cuenta de repente de su zoncera, o fue a través de un proceso lento?

 

—Esto es muy difícil de precisar. Lo primero que ocurrió es que adquirí cierta comprensión política. Yo había sido en mi adolescencia y hasta la edad de la «colimba», un convencido a pie y juntillas de la ideología liberal y extranjerizante. Después empecé a entender los fenómenos económicos del país; eso lo logré mirando desde el país hacia la teoría y no, como había hecho antes, desde la teoría hacia el país. En ese momento, justito, me empecé a iluminar sobre las zonceras que habían facilitado nuestra colonización cultural. Esto no pasó hasta que me apeé de las pretensiones intelectuales de todo joven estudiante y empecé a ver el mundo desde el ángulo más simple del sentido común, del buen sentido.

 

—¿Podría darnos un ejemplo de zoncera?

 

—Sí. Una de las más repetidas es ésa de «la imagen que el país da en él exterior». ¿Cuál es el espejo en el que esa imagen se refleja? El «espejo» es el «Times», «Financial Times» o «Chicago Tribune», para unos gustos, o los diarios de Moscú o China, para otros. Lógicamente, la imagen del país que les gusta es la que a ellos les conviene. Por ejemplo: Faruk le debió gustar mucho más al «Times» que Nasser y, lógicamente, el obeso rey de Egipto debió dar mejor «imagen exterior» que el coronel que lo sucedió. Con esto que le digo está claro que la primera condición para no ser zonzo es decirle «qué me importa» a la opinión de afuera y, además, no pensar como intelectual, sino como hombre.

 

Las elites intelectuales

 

—Usted marca una división, una especie de divorcio, entre los sectores pensantes y los populares…

 

—A nadie se le escapará esta particularidad de la política argentina, y es que los llamados «cultos» siempre han estado en oposición a las mayorías populares. ¿Es una casualidad que hayan estado contra Rosas, Yrigoyen y Perón?

 

—¿Entonces, pueblo y cultura son incompatibles?

 

—Este sería el único país del mundo donde el fenómeno se produce, por lo menos si nos comparamos con los países llamados «rectores», en los que la «élite cultural» se reparte entre las fuerzas históricas en pugna. No… no se da esa oposición, sino que lo que ocurre es que tenemos dos culturas: la que se elabora en la vida por el contacto con la realidad, carente de pedantería y de ciencia infusa, que es la del pueblo, y la de los que han superado «la otra cultura». Esta última es la cultura «de pega», administrada por el aparato de la colonización pedagógica, que trabaja desde la escuela, la enseñanza secundaria, la universidad y los medios de difusión. Todo está organizado para impedir la realización de una cultura nacional y propia. Sin ir más lejos, ahí están las Academias. Los diarios de hace unos días nos informan de la consagración de los primeros cuatro académicos de ingeniería (Butti, Allende Posse, Migone y Castello) Basta mencionar estos nombres para identificarlos con un sector que funciona por intereses y líneas ideológicas que han representado y representan a «cierta cultura». Es inútil buscar en esas Academias a figura alguna que haya coincidido, en política, con los sectores populares y, en teoría, con los planteos nacionales.

 

—¿Se «fabrican» prestigios?

 

—Sí. El aparato que «hace» el prestigio excluye a los últimos que acabo de nombrar, los esteriliza y los mantiene en el anónimo, para que no lleguen a niveles importantes y decisivos. Cuando usted comprueba eso, inmediatamente se da cuenta de que ese aparato se ha conformado históricamente y ha confundido la historia. Esto también habla de la necesidad de revisar la historia nacional. En nuestra época no había caminos abiertos para descubrir cómo se construye la «zoncera cultural». A mí, esta necesidad de revisar la historia se me apareció cuando ya estaba muy poco verde y más que pintón. En 1935, en un poema gauchesco, hecho después de una revolución en la que participé («Paso de los Libres», que se va a reeditar en uno o dos meses)., expreso casi todos los puntos de partida de mi pensamiento actual. Pero todavía se me mete por allí algún elogio a Caseros. Iba rompiendo las maneas de la colonización cultural, pero todavía no las conocía todas y aún desconfío de que todavía no esté atado por alguna.

 

La cascara partida

 

—¿Sigue aumentando ahora el número de «zonzos culturales»?

 

—Los que ahora están en otra situación. La contradicción entre el país real y su cáscara cultural es ya demasiado visible, y la cáscara se está agrietando. —¿Hay zonceras nuevas? —Una vez nos visitó un sociólogo cuando se fue, le preguntaron qué era lo más interesante que había encontrado en Buenos Aires y dijo, más o menos, esto: «He visto un pueblo en una angustiosa introspección». Se refería al agrietamiento de la cáscara, que ya está podrida y no puede hacer más zonceras con éxito. Esta es mi respuesta a su pregunta, pero siempre existe el peligro si no se mueven las bases del problema. El error consiste en querer «pensar el país» con modelitos importados y querer aplicarlos aquí.

 

—Eso de «la democracia representativa a través de los partidos políticos tradicionales», ¿es una zoncera?

 

—No. No lo creo; más bien los que están acabados son los partidos tradicionales. Esta es una zoncera a medias, diremos que circunstancial. Eso de que los partidos tradicionales están acabadas se sabe desde 1945. Figúrese que un desconocido les juntó la cabeza a todos los partidos, y eso ocurrió simplemente porque ese desconocido se puso al frente de la Argentina real y los otros no hicieron más que apretarse en torno de una Argentina perimida. Este asunto de los partidos políticos u otra forma de representatividad es la continuación de otra zoncera, que consiste en creer que lo importante no es la sustancia sino la forma. Antes de Caseros ya había dicho Varela que «no había que tomar la medida de la cabeza sino adaptar la cabeza al sombrero». Los que hacen cuestión de formas institucionales y políticas, olvidándose del ser nacional, simplemente se quieren poner un sombrerito importado.

 

Los zonzos se acaban

 

—¿Podría describir al argentino zonzo?

 

—El típico zonzo argentino de hoy —con la excepción de algunas «señoras gordas» y sus respectivos consortes— se está acabando y más bien anda por la Chacarita, la Recoleta o el cementerio de Flores. Quedan algunos —generalmente lectores de «La Prensa»— que alternan esas lecturas con el salicilato y la jalea real.

 

—¿No quedan más zonzos jóvenes?

 

—No existen zonzos jóvenes. Los jóvenes que comulgan con la zoncera no lo hacen por zonzos, precisamente. Por lo contrario, lo hacen de pícaros. Son zonzos espontáneos que quieren hacer la carrera de los honores y saben bien que hay que «acomodarse» a las exigencias de las superestructuras.

 

Jauretche sigue hablando. El tema es, para él, inagotable. Recuerda sus épocas de «cuando era zonzo», piensa en la revolución de la nueva mentalidad y promete «seguir pegándoles» a todos. Sí, a esos mismos a los que alguna vez, desde la tribuna, les gritó: «¡No sean zonzos!».

Fuente: Mágicas Ruinas. Crónicas del siglo pasado. Agencia Paco Urondo. Publicamos Entrevista aparecida en la revista Extra en noviembre de 1970