El extraño caso del filósofo rockero

Con la organización del INCAP, José Pablo Feinmann presentó su libro «El flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner» ante un auditorio que lo ovacionó como una estrella de rock. Hizo un recorrido conceptual por la historia argentina y se definió «Cristinista» antes que Peronista.

José Pablo Feinmann es un fenómeno particular de la cultura argentina. Durante buena parte de su carrera  fue un personaje relegado al panteón de referentes progresistas que eran venerados por una clase media instruida, desencantada pero crítica que se definía, en palabras de León Gieco: «Compramos el Página, leemos a Galeano, cantamos con la Negra, escuchamos Víctor Jara». Justamente en «el Página» escribía y sigue escribiendo este filósofo, ensayista y guionista de cine.

En 2003 le sonó el teléfono. Era el presidente Kirchner que quería hablar con él. Se reunieron, sin haberse conocido previamente, y comenzaron así una serie de encuentros

en los que Feinmann le dio sus apreciaciones, Néstor escuchó y respondió. Los dos primeros años del gobierno del santacruceño lo tuvieron al autor de «La sombra de Heidegger» como un consejero de consulta habitual. De aquellos encuentros (aunque no sólo de ellos) salió buena parte de lo que sería «El Flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner», su más reciente libro.

¿Y por qué JPF es un fenómeno particular? Porque desde 2003 su figura se hizo reconocida públicamente. «Se hizo famoso» podría decirse o, por lo menos, trascendió el círculo de lectores de Página 12 y de docentes que apelaban a su clarísimos textos para explicarle a los borricos de secundario las ideas de Fannon, Sartre o Engels, por citar a algunos de los personajes sobre los que escribió en el matutino que fundara Jorge Lanata. De hecho, entre los espectadores de éxitos cinematográficos como «Últimos días de la víctima», «Facundo, la sobra del tigre» o «Eva Perón», pocos repararon en que él era el guionista. De ser ese secreto a voces pasó a tener un programa de televisión en el canal Encuentro… ¡sobre filosofía! No sé si existen antecedentes en televisión de un programa así pero me consta que un microemprendedor de City Bell, feriante, lo miraba y accedía –fascinado por un mundo que le parecía vedado- a las ideas de Kant, Hegel o Marx.

Mucho le criticaron a Feinmann su kirchnerismo. Lo acusaron de venderse al gobierno a cambio de ese espacio en Encuentro, así como acusaron a muchos artistas (Mercedes

Sosa, Teresa Parodi, Víctor Heredia y un largo etcétera) de vender sus convicciones por el precio de un contrato con la repartición de cultura. Feinmann replicó que con gusto haría su programa en Canal 13 si lo invitaran, que sería mucho más masivo y por lo tanto mucho más redituable que en el canal oficial. Como sea, fue la punta de lanza de un puñado de intelectuales que accedieron a espacios preponderantes en las tribunas de formación de opinión, entre los que se cuentan Horacio González y Ricardo Forster, entre otros. No obstante, cabe aclarar que recién ahora, ocho años después de empezado ese proceso, se puede empezar a pensar en un cierto éxito de ese discurso contrahegemónico. Porque la hegemonía la tenían -y es probable que todavía la tengan- las corporaciones neoliberales con sus facetas empresariales, gremiales, políticas y, sobre todo, mediáticas.

Osvaldo Papaleo explicaba que buena parte de la adhesión de la juventud al kirchnerismo se debe a su política confrontativa (tan criticada también por los medios hegemónicos y la oposición), a plantarse ante los poderosos con un discurso implacable. Eso de «¿Qué te pasa Clarín?¿Estás nervioso?», por ejemplo, prendió porque fue épico y a los jóvenes los seduce la épica.

Por eso cuando Feinamnn llegó al Salón de los Espejos de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNLP fue ovacionado por 400 personas, en su gran mayoría, sub-25. Fue un fresco 18 de mayo, así que el Día de la Escarapela fue la excusa de la  conferencia, organizada por el Instituto Nacional de Capacitación Política (INCAP), que conduce Guillermo Justo Chaves. 45 minutos más tarde de lo esperado, el locutor presentó al filósofo leyendo lo que dice el primer resultado que sale en Google con el criterio de búsqueda «José Pablo Feinmnann», pidió «de pie» y alargó su nombre como cuando anuncian al boxeador que está subiendo al ring. Del mismo modo estalló el aplauso entre el público. Más tarde, cuando el literato se quedó firmando libros en el salón despoblado, uno le preguntó si se lo podía considerar un filósofo rockero y si entonces podían esos últimos pacientes fans ser sus groupies. «Me han dicho eso de que soy un filósofo rockero. Sí, lo podés decir » contestó, aunque sin expedirse sobre lo de los groupies. Las palabras de bienvenida estuvieron a cargo de Chaves, quien recordó una anécdota de Evo Morales y Fidel Castro, para luego cerrar con una cita de Homero Manzi: «Debemos emanciparnos de los imposibles»:

Feinmann arrancó su conferencia reflexionando sobre las estrofas del himno nacional, que se acababa de cantar en el recinto. «Dice libertad, libertad, libertad; no seguridad, seguridad, seguridad» dijo y explicó que seguridad piden los que tienen, seguridad de sus bienes materiales. Los que no tienen piden trabajo y el problema sobreviene cuando esa demanda de trabajo no es atendida.

Pero como el tema convocante era «El Flaco», rápidamente se metió en el tema, aunque también se movió pronto a otra área.

-¿Sos peronista? –dijo que a veces le preguntan.

-No sé. –responde, de acuerdo a que peronistas pueden ser Cafiero, López Rega, Firmenich, Rucci, Menem, Kirchner, Cámpora y, por supuesto, Perón. Así que no puede definirse peronista sin saber qué es el peronismo. O tal vez por saber de su amplísimo abarcamiento en el que caben todas las contradicciones. «Cristinista, seguro» se reivindica y enfatiza «crishtinista», como lo pronunciara Néstor, generando las primeras risas entre los concurrentes.

La Casa

«Lo que los sectores dominantes no quieren ceder es su casa, la República Argentina, de la que se creen dueños. Hicieron este país a la altura de sus intereses». Así empezó su recorrido conceptual por la historia argentina.

Esta figura de la república como casa fue graficada con el cuento «Casa Tomada», de Julio Cortázar. Aunque, cabe aclarar, no en una visión del propio Cortázar sino a partir de una interpretación que hizo Juan José Sebrelli. El cuento fue citado por Feinmann junto a «Cabecita Negra» de Germán Rozenmacher. Ricardo Piglia había apuntado oportunamente que Germán Rozenmacher había escrito un cuento sobre la interpretación que hizo Sebrelli del texto de Cortázar.«El Ejército fue la herramienta última para evitar que tomaran la casa» continuó el filósofo y marcó algunos momentos en que se quiso «tomar la casa». En 1820, cuando los caudillos entrerrianos Pancho Ramírez y Estanislao López ataron sus caballos en la Pirámide de Mayo. Con el gobierno de Rosas, cuando la oligarquía se exilia en Montevideo. Con el de Urquiza, que colgaba a los mazorqueros en los árboles de Barrio Norte. Con la llegada de la «chusma inmigratoria» de principios del siglo XX, con sus peligrosas ideas. Finalmente, con el peronismo que, definitivamente, le «toma la casa» a la oligarquía. Todos esos procesos fueron decapitados por las fuerzas armadas.

Apuntó también que, con Carlos Menem, por primera vez las clases dominantes consiguen imponer su programa sin la violencia, con un régimen constitucional. Recordó que tras las experiencias de la Alianza y el gobierno de Duhalde, Néstor Kirchner llegó a la presidencia siendo «el Chirolita de…» y con el 22% de los votos, por lo cual tuvo que inventarse a sí mismo. Fue el momento en que empezaron los «diálogos irreverentes» que dan origen a lo que sería «El flaco». Feinmann le planteaba que terminara con el peronismo, que era un «aparato corleonista» manejado por Duhalde en el que estaban involucrados droga, prostitución, policía e intendentes y que debía convertirse en el líder de masas que esperaban las bases del 2001 y 2002.

La conferencia terminó, como era de esperarse, con una exhortación a «apoyar el gobierno popular y exigirle que haga lo que esperamos que haga» y agregó «tenemos el deber de crear un Estado inclusivo, justo, no violento». La épica, nuevamente, generó el aplauso entre el público. Un aplauso más parecido al que recibe un boxeador o una estrella de rock que al asentimiento que recibe un profesor de filosofía en una de sus clases.